viernes, 20 de mayo de 2011

¿Dime qué somos?

¿Dime qué somos?

Esa era la pregunta que deseo hacerle en el instante en que sus ojos se encontraron, en esos breves segundos en los que el verde de su iris era lo único que podía ver. Pero la pregunta murió tan pronto como unos pensamientos oscuros irrumpieron en su cabeza. Era entonces que se apartaba de sus ojos y miraba el techo. ¿Qué te ocurre? Le decía él. Nada no me pasa nada, le contestaba y volvía su rostro, esta vez sin ninguna interrogante, sin ninguna inquietud.
Se puede escribir mucho de la rutina de los días, pero uno siempre lo vive como si fuera algo nuevo, como si fuésemos una excepción en el cosmos. La monotonía es distinta para cada persona. Para el era un ir de días, una acumulación de horas muertas, un cuadro en color sepia; en un momento de su vida, simplemente dejo de vivir, se convirtió en un zombi, en una bolsa que vuela en la calle, arrastrada por el viento; era un abrir los ojos y preguntarse ¿ahora qué? ¿Ahora qué? Y recibir el extraño eco como respuesta, una vacía contestación; era no tener en la cabeza un mapa, no poder decir con certeza en donde estoy; era confusión, era nostalgia. Pero nostalgia de qué, de quién. ¿De él?
Es extraña la memoria. Se recuerda a veces cosas que uno no a vivido. De pronto al caminar por la calle, le asaltaba un recuerdo de una escena que no era suya, por lo menos no de esta vida. Se esforzaba por hilvanarla con su pasado, no lo conseguía. Era un reminiscencia independiente a las otras, ajena a ellas, y al mismo tiempo, familiar. Aparecía en esas evocaciones en un suceso feliz, importante; entonces se llenaba de jubilo, y conseguía mitigar el tono gris de sus adentros. Pero pronto aquel solaz se iba porque entendía que no era un recuerdo suyo, que era prestado. Había sido la vida la que se lo otorgo, compasiva. A veces alguien nos manda ese tipo de recuerdos, con el propósito de ayudarnos a entender el camino que hemos andado.


Dime qué somos-quiso preguntar pero se cayó. Era la pregunta que a menudo deseó hacerle a Gabriel y que no recuerda haberla hecho, porque sus recuerdos se mezclan constantemente con la realidad, lo apartan del mundo, lo privan de poder andar pisando firme. No está seguro si se la hizo o no, del mismo modo que no está seguro de estar ahi, de caminar por las calles de aquella ciudad, de seguir vivo. La misma conciencia de su existencia es tan volátil como la presencia de los fantasmas que suelen acompañarlo. Pero una parte de su ser, le grita que sí llegó a decírsela y entonces se llega a ver a los dos frente a frente, con un par de botellas personales en la mesa.
-Muy buenos amigos-fue la respuesta, la tan ansiada respuesta, la que podría no ser la verdadera, porque puede que fuera igualmente un sueño, uno de los muchos que tiene.

1 comentario:

Pancho dijo...

esas preguntas...
esas respuesta..
me gusto mucho este escrito. mucho